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Falleció el profesor que brillaba en matemáticas

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La muerte de Crescencio Gutiérrez Fernández pasaría desapercibida si no fuera porque se trata de alguien que en la vida se había cruzado por los caminos de todos, o casi todos, a veces lúcido, a veces con los síntomas inequívocos de una larga noche de alcohol junto a los otros «vivientes» de la plaza central de Minero.

Podemos preguntar a cualquiera que se nos cruce por la calle y seguro que todos dirán que ese hombre era un brillante profesor de Matemáticas, Física y Química, algunos afirmarán que le prestaron unos pesos que nunca más recuperarán, otros dirán que lo tuvieron en sus casas dando clases de reforzamiento a sus hijos, y casi nadie encontrará un motivo para hablar mal de él.

El profesor Crescencio había enseñado en el antiguo CEMA y en el ‘Alice’, así como en Canandoa y Villa Rosario. En los últimos años se ganaba la vida dando clases particulares a cambio de 20 pesos.

El viernes pasado entre las 3 y 4 de la tarde el profesor murió en su cama, aquejado de fuertes dolores en el estómago, según versiones que pudimos recoger; tenía 54 años de edad y había nacido en Potosí. Ese día por la mañana el dueño de la casa había intentado llevarlo al hospital debido al precario aspecto que ya mostraba, pero Crescencio se había negado diciendo que no tenía fuerzas para permanecer de pie haciendo cola.

No hubo manera de convencerlo y prefirió quedarse en cama. Cerca de las dos de la tarde el dueño de casa volvió a insistir, pero el profesor seguía negándose, señalando que su malestar se le iba a pasar con los calmantes que algún doctor le habría recetado. A eso de las cuatro y media lo encontraron tendido la cama y con la barriga hinchada. Estaba muerto.

A las siete y media de la noche llegaron policías y luego de algunas indagaciones autorizaron que el traslado del cadáver a la morgue del hospital para la autopsia de ley. A esa hora el Sindicato Distrital del Magisterio se estaba movilizando buscando ataúd, terreno y transporte para trasladar el cuerpo al cementerio general y darle cristiana sepultura. Según uno de los dirigentes del sindicato, costó harto encontrar transporte y en el hospital no había personal para aplicar el protocolo que se tiene que aplicar en estos casos sea que se trate de Covid-19 o no.

Nadie quería arriesgarse. Así transcurrieron las horas hasta que finalmente encontraron transporte y, a cambio de un pago de 120 Bs a cada uno, finalmente tres sujetos aceptaron levantar el cadáver, llevarlo al hospital y de allí a enterrarlo en el campo santo. “La Sra. Gloria Becerra no dudó en colaborarnos y en 15 minutos la camioneta de la cooperativa estaba disponible para el traslado de los restos mortales”, dijo el docente.

El joven que había encontrado el cadáver indica a su vez que la Alcaldía también actuó con rapidez en la dotación del terreno donde sería sepultado el profesor Crescencio, así como de la retroexcavadora.

Crescencio vivió solo y murió solo, en vida contó él que varias veces los ladrones vaciaron su cuarto y apenas le dejaban su viejo catre; pero él nunca se quejó. Nunca se le conoció parientes, pero el día después de su deceso de la nada aparecieron tres hijos, un varón y dos gemelas, quienes llegaron a Minero para darle el último adiós.

Crescencio murió en la soledad más aterida. Años atrás en este muro habíamos publicado un reportaje sobre este hombre con la idea de motivar a las autoridades a hacer algo para ayudarle a escapar de ese vicio maldito. “Hace unos años quisimos llevarlo a un centro de rehabilitación para que se cure, pero no se pudo, él nunca aceptó que estaba enfermo”, refieren en el sindicato.

Como sociedad tampoco fuimos capaces de darle una última oportunidad a este hombre, lo que significa que como sociedad también fracasamos.

Descanse en su tumba, profe.